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Me enteré hace muy poco que todos sonreímos desde que estamos en el vientre. Y una vez en el mundo, por más que no vemos casi nada las primeras semanas de vida, sí reaccionamos con una sonrisa a todo lo que nos hace sentir protegidos: la voz de nuestros padres, su olor, las caricias. 

Pasan los meses, y empieza a surgir la risa y después las carcajadas; esas que salen desde las tripas, tan contagiosas. ¿A quién no le gusta escuchar a un bebé reírse de manera explosiva? Los meses pasan, dejamos de ser bebés, nos convertimos en niños y seguimos creciendo. Y con el paso del tiempo es que la risa se va controlando. Ya no nos da risa que una pelota rebote en el piso, ni que el perro se entretenga con burbujas. Tampoco os causa gracia que papá finja que se caiga al piso, ni que mamá aparezca de la nada gritando “aquí estoy”. 

Con la madurez, entre tantas cosas, conocemos el estrés y la risa ya no es esa fiel acompañante. Andamos más preocupados y es válido. Pero qué sucede si probamos reírnos hasta de las cosas que nos da dolor de cabeza. Qué sucedería que por cada renegada probemos ver el lado positivo, relajarnos y así buscar soluciones. Quizás encontremos una rápido, quizás no, pero al menos le mandamos un mensaje positivo al cuerpo.

Pasa que cuando uno se ríe suceden varias cosas en el cuerpo: la risa ayuda a disminuir dolores de cabeza, mejora nuestro rendimiento, aumenta nuestra creatividad y aporta la serenidad que necesitamos para enfrentar los retos del día a día. Además, mejora la comunicación y la confianza. 

Reírse de las cosas más simples, reírse de uno mismo, e intentar hacerlo en los momentos más estresantes es una buena práctica. Difícil, pero buena. Es una oportunidad para decirle a la mente: “ Yo sé que parece lo contrario, pero no estamos tan mal”. 

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